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 METEORA

“Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica: la voluntad”

Albert Einstein

 

“Actualmente aún nos esforzamos por saber por qué estamos aquí y de dónde venimos realmente”

Stephen Hawking

 CAPÍTULO I

 

3 de marzo de 2014

 Las maletas estaban preparadas junto a la puerta; llevaban allí toda la noche. No se preocupó en exceso de los detalles, tan solo le pareció importante tener el uniforme bien planchado y a punto para ese día. Se miró al espejo del baño mientras se ajustaba el nudo de la corbata.

Tenía un corte de pelo bien cuidado, pero no por estética. Más bien por costumbre militar. Algunas canas asomaban por las sienes. Sus ojos eran azules y de profunda mirada. Debajo descansaban unas ojeras marcadas. Su cara recién afeitada dibujaba una mandíbula afilada y sus labios delgados casi desaparecían en el rostro. Abrió el grifo del lavamanos y dejó que sus manos se mojaran durante un tiempo. Tenía las manos grandes y fuertes, con algunas cicatrices. Después de secarse las manos se abrochó el último botón de la chaqueta. Sobre sus hombros descansaban tres estrellas doradas. En la parte derecha, un nombre inscrito: Coronel Vogdanov. A la izquierda portaba todas sus medallas. Sobre ellas destacaba la estrella de oro; era su mayor orgullo. La medalla del héroe se la otorgaron por ser piloto de pruebas de aviones de combate experimentales y después de haber servido como comandante en la ISS durante ciento ochenta y siete días en el espacio. Aquellos días fueron los más satisfactorios de su vida. Echaba de menos el silencio que había en la estación internacional, con tan solo el sonido de los mecanismos de la nave y los conductos de ventilación. En algunas ocasiones el simple latir de su corazón le sacaba de su rutina. Su alta figura sobresalía del espejo, y tuvo que retroceder un paso para poder verse entero. Al salir del baño cogió una foto algo desgastada en blanco y negro que se encontraba encima de la mesa del comedor y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta.

La primera luz del día le cegó los ojos. Bajó la gorra hasta las cejas mientras se encaminaba hacia la verja. Allí le esperaba un coche negro. Un joven soldado le recogió el equipaje, metiéndolo en el maletero del coche. Circularon por una estrecha carretera que estaba situada en medio del árido desierto. No se observaba ninguna vegetación en el horizonte, solo simples matojos secados al sol. Una vía de tren recorría en paralelo la vieja carretera por la que circulaban. Varios kilómetros más tarde se divisaba un grupo de casas. Mientras se iban acercando, unas vallas y alambradas daban la sensación de que allí no se era bien recibido. El coche se detuvo en un punto de control situado a la entrada del pueblo. Varios soldados fuertemente armados protegían la entrada. Verificaron algunos papeles y dieron permiso al coche para pasar. Al entrar se divisaban algunas edificaciones aisladas de no más de dos pisos de alto, y antenas de radio enlace y comunicaciones. También silos, almacenes y naves industriales repartidas por el camino. Ahora circulaban por un pequeño núcleo urbano; algunos coches y camiones de gran tonelaje se cruzaban con el vehículo. A cada metro que se avanzaba los edificios eran más sofisticados y robustos. Giraron en una calle dejando a la derecha las vías del tren, que parecían terminar en una estación fantasma.

El coronel no habló con el conductor durante el trayecto hasta las instalaciones. Levantó la mirada cuando pasaron junto a un pequeño monumento, situado en una rotonda, que estaba dedicado a los caídos en misiones aeroespaciales. En lo alto ondeaba la bandera de la Federación Rusa y su escudo. Era una de las razones por las que estaba allí: honrar a los camaradas que habían intentado, antes que él, llegar más lejos que la perra Laika o el Sputnik.

El coche se detuvo delante de una pequeña casa. Le recordó mucho a una cabaña a la que solía ir con su padre cuando iban de caza. Se pasaban allí el fin de semana entero lejos de toda comodidad que pudieran tener en el hogar. Pasó fríos inviernos en aquella dichosa cabaña, calentada solamente por algunos leños de madera recogidos en la densa nieve. Pero nada tenía que ver a un segundo vistazo. La casa estaba rodeada de una alta valla electrificada y vigilada por cámaras de seguridad. La entrada estaba custodiada por dos soldados que se pusieron firmes nada más verle salir del coche. Le acompañaron hacia la entrada con sus maletas y las depositaron en el umbral. Se abrió la puerta, salió a recibirle un hombre de mediana edad, con gafas y de pelo enmarañado blanquecino. Portaba un sobre marrón bajo el brazo. Se ajustó las gafas antes de saludarlo.

—Coronel Vogdanov, bienvenido a la estación superior. Entre, por favor.

Cargó con los bultos del coronel mientras entraban al recibidor de la casa. Era una estancia pequeña, como se podía adivinar desde el exterior. Comprendía una sala vacía con seis sillones marrones de piel y una puerta metálica en el otro extremo que daba la sensación de dar a un cuarto contiguo. La sala estaba monitorizada mediante un circuito cerrado de televisión, las ventanas estaban enrejadas y cerradas, y no constaba de ninguna ventilación. No había decoración alguna, las paredes eran de piedra rústica, del techo colgaban unos viejos fluorescentes que daban una luz amarillenta. Una visión muy decadente y obsoleta, como toda la estación.

—Tome asiento Coronel, usted es el primero en llegar. Mi nombre es Mijail Kravto, seré su enlace externo durante la misión. El alto mando le ha entregado este sobre. Dijeron que usted sabría cómo utilizar la información. Vogdanov se sentó en uno de los sillones vacíos y se ajustó la chaqueta. Abrió el sobre y miró en su interior. Esperaba no llegar a esa situación.

*

Extendió la mano y descolgó el auricular del teléfono. Dudó unos segundos en marcar. Sonó la señal de tono. Después de cinco intentos una voz de niño descolgó al otro lado.

—¿Quién es? ¿Hola? —. Martin tragó saliva y contestó.

—Hola, Anthony —. Se le dibujó una sonrisa.

—¡Mamá, es papá al teléfono! —. El grito resonó en todo el vestíbulo de la casa.

—¿Cómo estás pequeño? ¿Cómo te han ido estos días de clase?

—Ayer fuimos al museo y había un dinosaurio gigante. Después estuvimos en el parque y me encontré un penique. Con ese dinero me compraré un dinosaurio. Newton se hizo caca en la alfombra —. Nunca dejaba de sorprenderse de la inocencia de su hijo. —Pásame con mamá, por favor.

—¿Martin estás bien?—. Una voz femenina se puso al otro lado del teléfono.

—Anoche no dormí nada bien, aquí hace bastante calor. ¿Cómo estás tú?

—Hace unos días que te has ido y aun no me hago a la idea. Solo pienso que esto es el principio. No sé si ha sido una buena elección, Martin.

—Ya hemos hablado de eso. Sabes que yo también los echaré mucho de menos, pero es importante esta misión. Es una oportunidad única en la vida de poder avanzar en mis investigaciones. Si obtengo resultados satisfactorios para la universidad podré terminar con los proyectos y me admitirán en la junta directiva. No sólo es importante para mí, Georgina, sino para la humanidad. ¿Lo entiendes? —. Hizo una breve pausa.

—Sí, pero explícale eso a un niño de diez años que no va a ver a su padre durante más de un año y medio.

—No es justo que lo digas así.

—Lo siento, estoy algo nerviosa. No sé si podré hacerlo.

—¿Está Alice en casa?

—Salió a cenar con una amiga y no ha regresado. Le dije que llegara antes de las diez de la noche.

—Quería despedirme de ella. Dile que he llamado —. Al otro lado del teléfono tocaron a la puerta de la habitación. Martin se giró.

—¡Ya voy! —exclamó —. Georgina pásame con el pequeño.

—¡Papá tráeme un dinosaurio de Marte!

—Sí, pero debes portarte bien. Obedece a mamá todo el tiempo. ¿De acuerdo?

—Sí, papi.

—Ahora vete a lavarte los dientes, que es tarde y debes irte a la cama. Te quiero.

—Te quiero papá —. La voz del niño se quebró y se escaparon algunos sollozos. El auricular cambió de mano.

—¿Cuándo volveremos a hablar?

—No lo sé. Hoy entramos a la estación. Me vienen a recoger ahora —. Tocaron otra vez a la puerta de la habitación.

—Cuídate mucho Martin. Ten cuidado, por favor. Te quiero.

—Debo colgar. Te quiero, Georgina.

Un nudo en la garganta casi no le dejó pronunciar las últimas palabras. Los ojos se le humedecieron. Ese momento se les hizo eterno. Colgó el teléfono y se secó las lágrimas. Martin llevaba puesto su sombrero. Se lo había comprado su mujer en un mercadillo de Nueva Orleans, justo el día que dio a luz a su hija Alice. Él pensaba que le daría suerte, aunque no era supersticioso. Además, según su compañero de tesis eso no era muy científico. Era un hombre afroamericano de estatura media, de hombros anchos y cuerpo grande. Sus casi noventa y seis kilos le hacían destacar entre sus compañeros de universidad. Nunca le importó su grosor. Ya entrada la madurez y felizmente casado, su figura pasó a un segundo plano. En su infancia no fue así. Ser el menor de cinco hermanos de una familia de pocos recursos le hizo mantener su peso a raya.

Tenía el pelo rizado, negro como el azabache, ojos brillantes, nariz ancha con un bigote bien cuidado y marcado, junto con una sonrisa de boca ancha y labios gruesos. Todo ello, junto con su piel negra y curtida por el sol del sur de Louisiana, le daba un aspecto amable y con mucha personalidad. Se acercó a la puerta y la abrió. Un soldado con acento ruso le saludó.

—Le esperan en la estación. Debo recoger su equipaje. Su coche le espera en la puerta—. El soldado cogió las maletas y las depositó en el maletero.

La mañana avanzaba tranquila. Al cabo de media hora llegaron a la cabaña. Mijail le recibió al pie de los escalones que daban a la entrada de la cabaña. Le acompañó hasta la puerta y le invitó a pasar. Allí estaba sentado Vogdanov mirando al frente, giró la cabeza y lo miró de arriba abajo. No le dirigió la palabra. Mijail habló para romper esa situación tensa recibiéndole en la sala y acomodó al nuevo visitante.

*

Tenía unos pies pequeños y arrugados por la edad. Pisó la hierba que permanecía húmeda de la noche anterior. Su figura no pasaba por encima de los altos arbustos del jardín que le brindaban una fresca sombra. Caminaba a paso lento, arrastrando los pies, pero eran pasos firmes y seguros. Pasos que dan la sabiduría y la experiencia.

A sus 56 años aún se sentía con energías, aunque cada día que pasaba notaba como si las fuerzas le abandonaran. Cada cierto tiempo se ajustaba las enormes gafas de gruesos cristales que se le deslizaban por la pequeña nariz. La falta de vista le había aumentado algunas dioptrías en los últimos años pero nunca puso empeño en ir al oculista a revisarse la vista. No le gustaban los médicos. La última vez que visitó un hospital, hacía ya de eso diez años, fue para visitar a su tío por parte de padre, que estaba enfermo de cáncer. Lo había cogido desde los trece años cuando salió de su provincia natal.

Se crió en Jiangsu, en el sur de China. Sus padres eran agricultores de té verde y poseían un pequeño terreno donde trabajaban la tierra. Una misteriosa plaga les hizo perder la mayor parte de la cosecha del año. Sin esa fuente de ingresos y casi sin recursos con los que poder disponer, pensaron que la mejor idea era mandar a su hijo fuera de la provincia. El hermano mayor de su padre vivía en la capital, Beijing, donde mantenía un pequeño negocio de calzado. Fue allí donde mandaron a su hijo para poder labrarse un futuro mejor, lejos de los campos de té. Durante parte de su adolescencia vivió con sus tíos y una prima a la que le llevaba dos años, entablando una buena amistad con ella. Trabajaba en la tienda de calzado durante el día y por las tardes iba a la escuela elemental, ya que en su aldea disponían de muy pocos recursos. En pocos años se elaboró una buena carrera de estudiante a base de esfuerzo y constancia; desde siempre su padre supo que tendría buena aptitud para los estudios. El trabajo en la tienda le afianzó en sus dotes de comunicación y saber escuchar a los clientes. Llegada la hora de la universidad optó por estudiar ciencias políticas en Tsinghua, donde consiguió una beca gracias a uno de los profesores, que era asiduo cliente de la zapatería y que quedó fascinado por su oratoria y razonamiento.

Acabada la carrera trabajó como consejero en un partido político nacional, y mientras siguió formándose, esta vez estudiando psicología en la universidad de Lanzhou. Fue allí donde conoció a su futura esposa. Al terminar la carrera, se casaron y se fueron a vivir a un barrio humilde de la capital. Ella era una joven muy bella, de cabellos largos y suaves, cara dulce y cuerpo de geisha. Era profesora de arte y pintura; su especialidad, los paisajes. Siempre tenía algunas manchas de tinta en las mangas de la ropa y las manos. A él le encantaba lavarle las manos con agua tibia y enjabonarla. Formaba parte de un ritual que compartían desde que se conocieron, siendo uno de los momentos más íntimos de los que disponían antes de casarse y que conservaron después. Todavía recordaba el olor de su pelo, el agua tibia, las esencias y aceites que desprendían sus manos al lavarla. La echaba de menos.

Alzó la mirada y observó las montañas que estaban en el horizonte. Se veían muy pequeñas debido a la distancia. Estaban bañadas por el color rojo que daba el sol al amanecer tras ellas. Le recordaron a las montañas de Lhasa, en el Tíbet, donde, después de terminar sus estudios de filosofía en Karnataka, en la India, se retiró al monasterio de Gelup. Los últimos veinte años los había pasado en el monasterio estudiando el Dharma y la meditación. Estaba acostumbrado a largos paseos por la mañana antes de tomar cualquier comida. Incluso, podía pasar algunos días en ayuno, solo manteniéndose a base del rocío de las hojas durante jornadas de meditación y estudio.

Algunos días paseaba por las montañas buscando algunas grutas o cuevas donde poder descansar, beber un poco del agua que se filtraba por las paredes y meditar en la oscuridad de la montaña durante horas. Sólo le estaba permitido bajar una vez al mes a la población más cercana. En esos momentos los lugareños les daban a los monjes todo tipo de cosas: material para reparación, útiles de labranza, telas, cuerdas, frutas frescas… La mayor parte del tiempo lo dedicaba a la meditación, cuidar de los demás monjes y del pequeño huerto del monasterio. Durante su estancia escribió algunos libros de meditación, psicología social sobre el aislamiento, el movimiento de independencia indio y sobre el comunismo totalitario.

Volvió a encender otra cerilla y calentó el tabaco de su pipa. Aspiró fuerte soltando una bocanada de humo. La brisa fresca de la mañana creaba sorprendentes figuras con el humo blanco que desprendía. Cerró los ojos por un instante para poder escuchar a su alrededor. El jardín permanecía en calma. Solo se oyó el reclamo de un águila dorada en lo alto del cielo. Captó ese momento y lo disfrutó, al igual que la sensación de los pies descalzos sobre la hierba húmeda. Sabía que esa iba a ser la última vez que podría deleitarse con los sonidos de la naturaleza y del aire fresco de la mañana antes de permanecer encerrado durante más de quinientos días. Una voz le sacó de su meditación; le llamaban del otro lado del jardín. Un representante de la agencia espacial china le saludó; su coche estaba esperándole.

 *

 Un escalofrío le recorrió la espalda y se despertó de un sobresalto. Pierre se incorporó en la cama. Gotas de sudor le caían de la frente. Abrió los ojos y miró a su alrededor buscando algo conocido. Las cortinas de la habitación se movían con la brisa, dejando que el sol entrara por la ventana. Aún tenía el pánico incrustado en su mente. Alargó la mano hasta la mesilla de noche, cogió una botella de vodka barato que había sobre ella y bebió el último trago que quedaba de la noche anterior. Le ardió la garganta, pero eso le calmó por un instante. El dolor punzante había remitido.

Tardó varios segundos en incorporarse de la cama. Comprobó que le quedaba tiempo para arreglarse un poco, así que se dirigió al baño para darse una ducha fría. Tenía un cuerpo atractivo y ejercitado, de estatura media; a sus treinta y siete años se conservaba bien. De familia acomodada y de origen judío, hijo único, era de los pocos de su familia que había salido alto,  de pelo castaño rizado y de ojos azules. Educado, elegante y seguro de sí mismo, siempre tuvo éxito con las mujeres. Su abuelo y su padre, médicos de profesión, le animaron a seguir sus pasos y después de años de internado en varios colegios elitistas europeos entró en la Universidad Marie Curie de París. En su etapa de médico residente se especializó en neurocirugía y fue el primero de su promoción, siendo uno de los médicos más jóvenes en obtener el cum laude. En su primer año de residencia conoció a una joven estudiante de enfermería que estaba haciendo las prácticas en su hospital. Se llamaba Clarice y pertenecía a la clase alta francesa. Se enamoró completamente de él y le propuso salir. Ella se quedó embarazada y ambas familias llegaron al acuerdo de que los jóvenes, por su propio bien, pero sobre todo por la deshonra de un embarazo fuera del matrimonio, debían casarse lo antes posible. Lo hicieron en una pequeña ermita y al cabo de unos meses tuvieron una preciosa hija.

Salió de la ducha y se aseó. Colocó todas sus pertenencias sobre la cama mientras preparaba las maletas. Abrió un estuche marrón de piel que tenía varios compartimentos. Por fuera estaba grabado un nombre: “Dr. Pierre”. Guardó cuidadosamente su instrumental quirúrgico: varios escalpelos, tijeras, fórceps… Todo lo básico que necesitaba para una urgencia. Tenía la costumbre de llevar siempre consigo su propio material. Fue una herencia de su abuelo, el cual se lo regaló meses antes de morir, junto con grandes historias contadas de operaciones de todo tipo.

Un fuerte dolor le martilleaba la cabeza. Buscó por la habitación alguna otra botella que quedara con algo de bebida, pero no encontró nada. Llevaba unos meses intentando dejar el alcohol, pero era lo único que en momentos de pánico le daba un poco de serenidad. Sabía que los próximos meses iban a ser duros, pero lo vio como una prueba más a superar. Se lo había prometido a Clarice y a su hija, Sophie. Por último, se puso el anillo que estaba sobre la cómoda de la habitación. Un furgón negro esperaba en la puerta. Minutos más tarde llegaron a la cabaña fuertemente vigilada. Al entrar se encontró con el coronel Vogdanov, Martin y Xiu sentados en sus respectivos sillones y saludó a los allí presentes.

  *

 Abrió la revista Engineering and Science por las páginas centrales. El reportaje tenía como titular “¿Qué son los ordenadores cuánticos?”. En la sección de noticias aparecía una amplia foto de un chico joven. El pie de foto decía: “Josh, la joven promesa del Instituto Caltech, es seleccionado para la investigación y desarrollo de tecnología cuántica en Meteora”. En esa entrevista se informaba sobre cómo algunos estudiantes y profesores de física cuántica investigaban sobre esta rama aplicada a la informática y cómo podían ser los ordenadores del futuro. La evolución total. Era un reportaje extenso de cuatro páginas. Lo leyó con detalle, como si fuera la primera vez. Sabía que sus padres estarían muy orgullosos de él, aunque se encontraran a miles de kilómetros. El reconocimiento siempre le había llegado desde pequeño. Ya en sexto grado, a la edad de once años, sus padres tuvieron que adelantarlo dos cursos debido a su gran inteligencia. Estaba por encima de la media de la clase, con diferencia. Una vez terminados sus estudios en Washington, su ciudad natal, se trasladó a Boston, donde entró en el prestigioso MIT, terminando su doctorado en física.

Después de meses de estudio sobre la astrofísica de partículas y de presionar al departamento para el que trabajaba, le publicaron su primer artículo científico. La universidad Caltech se hizo eco de ese artículo y le hizo una oferta para trabajar con ellos, la cual no rechazó. Allí se estableció como profesor adjunto de astrofísica de partículas, teniendo un laboratorio a su cargo y los mejores estudiantes de la materia. Pensó que la oportunidad de entrar en Meteora le abriría las puertas para poder, algún día, ser un tripulante de la estación espacial internacional, algo por lo que siempre tuvo un gran anhelo, desde que vio las primeras imágenes del hombre llegando a la luna.

Con todas sus pertenencias empaquetadas salió a la puerta, donde le esperaban para llevarle hasta la estación base. El coche recorrió la distancia hasta que llegaron a la entrada vallada de la base. En la entrada le esperó Mijail para darle el recibimiento.

—Bienvenido doctor Josh, le estábamos esperando —. Le acompañó hasta la puerta principal. Dentro se encontraban el resto de los participantes. El primero en saludarle fue Martin que se incorporó del sillón con algo de dificultad.

—No sabes lo que me complace tener un compatriota aquí dentro —. Le dio la mano. Josh se alegró también de ver a alguien estadounidense.

—¿Quiénes son los demás?

—No sé, el que tiene pinta de soldado es un poco seco; los otros dos… Aún no he hablado con ellos—. Esto último lo dijo en voz baja para que no le escucharan.

A Josh todo aquello le parecía extraño. Era una cabaña muy vacía y sin nada que aparentara ser una sala de investigaciones, y mucho menos una sala donde realizar un experimento de tal magnitud. Se acercó al técnico y lo apartó hacia un lado para conversar.

—Tenía entendido que íbamos a ser seis personas, aquí solo veo a cinco.

La puerta de la pequeña cabaña se abrió en ese momento. En el umbral apareció una figura femenina. Era una chica joven, esbelta, de pelo castaño y grandes ojos marrones. Vestía pantalón y camisa y llevaba el pelo recogido con una simple coleta. Habló en ruso a Mijail, quien le devolvió el saludo. Pierre la miró de arriba abajo. El técnico la presentó al grupo.

—Aquí está el último tripulante, la bióloga Elba —dijo Mijail. Xiu le dedicó una reverencia. Josh y Martin le dieron la mano. Pierre se acercó a saludarla con un beso. Ella le extendió la mano.

—En Francia son dos besos —. Su inglés tenía un deje francés.

—Ahora estamos en Kazajistán —respondió ella con frialdad, en un perfecto inglés.

—Esto se pone interesante— dijo él mientras le daba la mano. Mijail se dirigió al grupo entero. —Ahora que estamos todos, vamos a proceder a entrar en la estación Meteora, la cual será vuestro hogar durante los próximos quinientos veinte días. Pasen por aquí.

Se dirigieron hasta el fondo de la sala vacía donde estaba la puerta metálica. El técnico tiró de ella. Todos pensaron que pasarían a una sala mayor, pero no fue así. En su lugar estaba la puerta de un ascensor de carga. Se abrieron las puertas automáticas.

—Señores, pueden entrar. Como habrán podido comprobar, la estación Meteora se encuentra bajo tierra. La cabaña es solo una estratagema para mantener la seguridad de las instalaciones.

Nadie dio un paso. Sergei fue el primero en entrar al ascensor; el resto fue después. Mijail apretó el botón y el ascensor empezó a descender. Durante unos minutos estuvo bajando. Una ligera presión empezó a sentirse en los oídos de todos los ocupantes. En un instante el ascensor se detuvo en seco y se apagaron las luces. Todos se quedaron permanecieron callados. Las luces de emergencia se encendieron. Mijail volvió a pulsar los botones.

—Disculpen señores; no es nada, solo un contratiempo. Parece ser que las pruebas del ascensor no contaron con el peso de las siete personas que somos ahora, solo seis —Josh miró a Martin y le guiñó un ojo—. De todas formas ya hemos recorrido la mitad del camino llegaremos a la estación en breve—.

Fue terminar de hablar y el ascensor volvió a ponerse en marcha de nuevo. Descendió otros dos kilómetros antes de llegar a la estación Meteora. Se abrieron las puertas del montacargas y salieron todos los tripulantes con sus equipajes. Estaban en un pequeño recibidor de paredes metálicas. Todo era sólido y frío, con iluminación azul. Frente a ellos, una puerta de acero, pero, a diferencia de la que estaba en la cabaña, esta si parecía de las acorazadas. A su izquierda había un panel con teclado. Mijail se acercó y pulsó una serie de números. Varios segundos más tarde un zumbido sonó en todo el recibidor. La puerta acorazada se abrió despacio; todo en su interior estaba oscuro.

Mijail apretó algunos interruptores y se fue iluminando el interior de la entrada mientras les iba enseñando las instalaciones. En el centro había una sala circular donde destacaba una gran mesa redonda con sillas. Tras esa mesa se distinguían las puertas de varias habitaciones y cuartos de baño. Una cocina bien equipada terminaba la estancia central. Todo era de color blanco impoluto, sin ventanas al exterior ni rejillas. A la derecha un pasillo llevaba al módulo de ocio, gimnasio completo, sauna, una sala con televisor y mesas de juego. A la izquierda una sala de almacenaje, frigoríficos, congeladores llenos de comida y bebidas de todo tipo. El pasillo central daba a un quirófano bien equipado y a una sala de curas, además de un a laboratorio experimental con la más alta tecnología y un pequeño invernadero con plantas exóticas y medicinales. Siguiendo el pasillo central se llegaba al módulo de operaciones; era el cerebro de la estación. Desde allí se operaba cualquier rincón con cámaras de seguridad, cerraduras magnéticas, tanques de aire, agua y un largo etcétera. Todo estaba informatizado mediante varios ordenadores centrales. Desde el módulo de operaciones harían el despegue y aterrizaje a Marte y recibirían las comunicaciones del exterior. Bajo todo ese módulo estaba la fuente de energía de Meteora: un reactor nuclear de fusión de plutonio 239. La cámara se encontraba enterrada bajo capas de hormigón y cemento armado en lo más profundo de la tierra. Una trampilla en el suelo era el acceso para el reactor, el cual se abría solo mediante la inserción de dos llaves distintas que estaban situadas en el panel de control central. El último módulo permanecía cerrado; era una puerta de grandes dimensiones. Sería la parte más importante de la misión. Lo sabrían a su debido momento. Mientras tanto, todos los tripulantes estaban esperándole en la mesa central.

—Aquí es donde pasarán prácticamente la mayor parte del tiempo, en el módulo central. Puntualmente deberán estar en el módulo de operaciones, pero no se preocupen. Desde la estación base nosotros podremos manejar casi cualquier contratiempo. Solo decirles que a cada uno de ustedes se le ha entregado la documentación necesaria para poder llevar a cabo los experimentos necesarios para la misión. Agradecerles la participación. En cuanto yo salga, la puerta principal se cerrará. Es una cerradura electrónica que está programada para abrirse solamente dentro de quinientos veinte días, de ninguna forma se podrá abrir desde dentro y bajo ningún concepto abriremos la puerta. Tras el tiempo de la misión la puerta se abrirá automáticamente encendiéndose la luz verde de la entrada. Recuerden que es un simulacro realista ¿Alguna pregunta antes de salir?—. Miró a todos durante un tiempo. Pierre habló:

—Supongo que abrirían la puerta si ocurriera una emergencia considerable.

—Nosotros definiremos desde afuera lo que es una emergencia considerable. Lo que está claro es que no abandonaremos la misión por causas colectivas o sociales. Para eso está el experto. Sin más retraso, les dejo a cargo del coronel Vogdanov, que será el piloto de la misión durante las fases de despegue y aterrizaje. Buena suerte a todos. Recogió la carpeta que llevaba en la mano, miró a su alrededor y se dirigió a la salida. Cerró la puerta acorazada principal. Desde el otro lado se oyó cómo pulsaba el código de cierre. Un zumbido incesante inundó la habitación, tras el zumbido un sonido seco hizo cerrar la puerta definitivamente. La luz roja se encendió.

Después de deshacer todas sus maletas los tripulantes se reunieron en la sala de operaciones. Desde allí realizarían el despegue de Meteora. A la cabeza de la tripulación, Vogdanov era el encargado de llevar las operaciones pertinentes. Josh sería el copiloto. Todos estaban en sus asientos. Luces encendidas y comunicaciones abiertas. Vogdanov al habla.

—Habla el coronel, todo listo para el lanzamiento, informen de tiempo de espera para cuenta terminal. Cambio.

—Aquí base. Estamos haciendo las últimas comprobaciones y supervisando controles. Permanezcan a la espera dentro del módulo de operaciones. Cambio.

—Módulo de comando, correcto; módulo de servicio, correcto; control de combustible, correcto; estabilizadores, correcto. —Josh miraba las luces y comprobó que se encendían—. Los tripulantes llevaban los trajes de lanzamiento; se pusieron los cinturones de seguridad. Las luces empezaron a parpadear. La sala vibró ligeramente.

—Meteora listo para lanzamiento. Cambio.

—T menos veinte para lanzamiento. Encendido de motores uno y dos. Sistemas de refrigeración en marcha. Cambio.

—¿Qué potencia tenemos? —Sergei se dirigió a Josh.

—Potencia al treinta y cinco por ciento— respondió, mientras Vogdanov controlaba los monitores.

—T menos diez para lanzamiento. Motor tres y cuatro encendidos. Cambio.

—Calibrando instrumentos, paso a modo despegue. Cambio.

El módulo de operaciones se sacudió con intensidad, hizo mover los asientos y algunos objetos que estaban sobre los mandos cayeron al suelo.

—Sí que se han tomado molestias en simular la misión— dijo Pierre.

Martin se aferraba a su sillón con fuerzas. Elba observaba al coronel en todo momento. Xiu permanecía con los ojos cerrados; parecía que no estaba allí presente. Josh no daba crédito a lo que allí acontecía.

—Potencia al noventa y cinco por ciento — dijo Josh, empezando a sudar.

—Cuatro, tres, dos, uno ¡Ignición!

Ahora la vibración pasó a ser un estruendo. La sala realmente se movía. Un calor invadió la estancia. Los monitores parpadeaban con alternancia. Las comunicaciones se entrecortaron.

—Meteora… Brazos desarmados.

—La estructura se sacude violentamente. Cambio.

Los tripulantes apretaron todo su cuerpo contra el asiento. Notaban el empuje de la nave. En el panel se encendieron unas luces rojas parpadeantes.

—Estación base. Estáis en el aire. Despegue correcto —se oyó una ovación por los altavoces—.

La vibración continuaba agitando toda la sala de operaciones. Una fuerza les sacudió y presionó todo sus cuerpos.

—Aquí Meteora. Paso a control manual de la nave. Enciendo motores auxiliares — Vogdanov presionó algunos botones del panel central y la presión aumentó en toda la cabina—. La vibración fue máxima, muy violenta.  La nave volvió a acelerar.

—Velocidad: novecientos cuarenta kilómetros por hora —dijo Josh—.

—¿¡Cuándo se va a acabar esto!? —gritó Pierre con los ojos cerrados—. Martin se santiguó varias veces seguidas.

—Estamos en la tercera etapa. Estamos a punto de salir de la atmósfera. Comenzamos el giro —respondió Sergei—. La nave estaba al máximo.

—Muy bien, Josh. Resetea el indicador de tiempo. Avísame cuando llegue a doscientos segundos.

El contador de tiempo empezó a avanzar. Aquellos segundos fueron eternos para toda la tripulación. Aguantaron con fuerza la presión que se ejercía sobre el módulo de operaciones, en ocasiones les hacía perder el conocimiento y les faltaba el oxígeno. Segundos más tarde Sergei presionó una palanca y apagó el motor de propulsión cinco. Las vibraciones cesaron y la nave empezó a desacelerar.

—Aquí base. Le comunicamos que está entrando en órbita de aparcamiento. Ha sido un despegue correcto. ¡Enhorabuena! Cambio.

Sergei se relajó durante un instante, pero sabía que le quedaban algunas maniobras que realizar antes de dejar la nave estabilizada. Los demás tripulantes respiraban de alivio. Sus caras eran de sorpresa por lo que allí había ocurrido. ¿Con tanta veracidad se simuló el despegue? ¿Acaso fue un lanzamiento real? ¿Estaban de camino a Marte? Las dudas por un instante pasaron por la cabeza de todos. Durante tres horas estuvieron atentos a las indicaciones que la estación base les fue comunicando. Tras un tiempo de estabilidad, volvieron a encender los motores de inyección translunar. La sala volvió a sacudirse con dureza. Los tripulantes estaban exhaustos. Xiu por algunos instantes perdió el conocimiento. Varios minutos de ignición de los motores fueron suficientes para salir de la órbita de estacionamiento. Sergei volvió a apagarlos y la nave se estabilizó de nuevo. Los conductos de ventilación empezaron a funcionar a pleno rendimiento. Se notaba un aire fresco en la sala. Los tripulantes se desabrocharon los cinturones y se incorporaron. El coronel se dirigió a todos:

—Lo habéis hecho muy bien. Casi hemos terminado la maniobra. Ahora estamos saliendo de la exosfera a ochocientos kilómetros de altitud. Si todo va bien, seguiremos avanzando, y en una hora estaremos en el espacio profundo, con dirección a Marte. Vayan a descansar.

Los compartimentos situados en el módulo central no eran muy grandes, solo de unos pocos metros cuadrados, con una cama individual. Sobre ella, una estantería, un armario de dos puertas en cuyo interior había una pequeña caja fuerte con cerradura electrónica, mesa de escritorio con silla, y un espejo. Xiu posó sobre su escritorio una pequeña figurita de cerámica y encendió algo de incienso. Se quedó con los ojos cerrados, meditando en la habitación.

Elba cerró la puerta con llave. Desde antes de entrar, la agencia responsable le propuso seguir una serie de normas para la convivencia con el resto de compañeros. Temían que pudiera ocurrir algún incidente de carácter sexual del cual ellos no se harían responsables y en el que, además, no podrían intervenir a tiempo. Ella siguió las indicaciones como le habían dirigido, pero siendo la menor de dos hermanos en su familia y compartiendo baño, siempre supo ingeniárselas para que no hubiera ningún momento incómodo. Ya cuando se fue a estudiar fuera y se independizó, potenció y descubrió toda la naturaleza de su cuerpo. Tenía un cuerpo hermoso.

La habitación de Pierre estaba junto a la de la bióloga. Aún tembloroso por el despegue, consiguió descalzarse y acomodarse en la cama. Los temblores no le dejaban dormir, sudores fríos corrían por sus manos. Sabía que un buen trago le hubiera calmado los nervios. La visión se volvió borrosa y el sueño se apoderó de él. Su respiración se volvió profunda.

Josh y Martin se quedaron un rato más en la sala central, hasta que les pudo el cansancio y se fueron a dormir. Josh sacó de su maleta un portarretrato que colocó sobre la mesa del escritorio. Era la foto de una mujer rubia de mediana edad. Martin, mientras iba deshaciendo la cama, tuvo un momento para la oración. Un padrenuestro le sosegó y pudo descansar.

En el otro extremo de la sala, en uno de los baños, estaba Sergei lavándose las manos a conciencia; el mismo ritual de siempre antes de dormir. Su habitación era la seis. Se quitó el uniforme de coronel de la nave y lo guardó con máximo cuidado. Abrió su caja fuerte del armario e introdujo el estuche donde guardaba la estrella al valor. De su bolsillo sacó el sobre marrón que le había entregado Mijail anteriormente en la superficie y lo guardó en la caja fuerte. Cerró el cuarto con llave.

La estación Meteora permanecía en calma. El ruido de los conductos de ventilación otorgaba una atmósfera reposada. Las luces del techo de la sala central se apagaron. Estaban programadas para encenderse con sensores de movimiento. Era uno de los muchos protocolos de mantenimiento energético del que disponía la nave. Había sido programada hasta el último detalle para que no se desperdiciara energía. Los refrigeradores del módulo del reactor empezaron a funcionar, manteniendo la temperatura estable. Las pantallas que no estaban operativas se apagaron dejando sólo encendidos algunos controles, indicadores y cuadros de datos. El silencio ahora era absoluto.

El monitor del ordenador de comunicaciones se activó. En el sistema de mensajes parpadeó el icono de entrada. Un mensaje había sido recibido. Sobre la marcha, el dispositivo de impresión copió el comunicado que acababa de llegar. El mensaje se imprimió y se depositó sobre la bandeja.

 

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