REM

El chip neuronal de mi cerebro se activó de nuevo e hizo que se me abrieran los ojos de forma automática. Mediante una pequeña descarga eléctrica era el método perfecto para mantener el cerebro activo las veinticuatro horas del día.

Entrado el año 2090 ya era obligatorio el implante en el lóbulo frontal. Treinta años antes, los recién nacidos ya eran implantados desde sus primeras horas de vida. La idea era sencilla, los seres humanos debían permanecer despiertos todos los días a todas horas, no existía el tiempo de descanso. El sueño y sus representaciones oníricas estaban prohibidas y eran obsoletas. El mundo se había vuelto inerte, frío y de una hiper actividad neuronal de forma adictiva y asquerosa. Nos habían acostumbrado a que nadie quisiera perder el tiempo durmiendo y soñando. Nos inculcaron que había muchas cosas que ver y leer, pero sobre todo, cosas que comprar.

La propaganda del gobierno tecnócrata estaba involucrado en todo y los votantes eran los culpables de todo aquello, ellos decidieron, sin reparos y aun sabiendolo, las directrices que tomaría aquel gobierno sin alma. A cambio de los votos y con el control total, los tecnócratas crearon una sociedad llena de muertos vivientes. Compras y ventas, oferta y demanda. Todo era retransmitido veinticuatro horas en bucle durante todo el año en pantallas, plasmas e implantes cerebrales. El acto de dormir y descansar era cosa del pasado, el ser humano se había convertido en máquinas de consumo y desecho rápido. La cadena ahora era infinita y perversa.

Las casas eran simples habitáculos con sillones y plasmas en cada habitación. Los dormitorios prácticamente no existían, ya no servían para nada. Esa noche perdí la noción del tiempo, era difícil saber la hora sin mirar los relojes. El clima había cambiado y eran las escasas veces que se podían ver los rayos del sol. Siempre flotaba una fina bruma que cubría todo, en parte por la polución y en parte por el cambio climático. Sentado en el sillón cerré los ojos para poder descansar de tanto bombardeo comercial y lumínico, pero ni por esas podía dejar la mente en blanco. El chip neuronal se activaba a los pocos segundos para activar de nuevo mi córtex cerebral. Lo único que podía hacer era leer, era lo que me calmaba.

Pasaron los días, quizás semanas. Largas y tediosas horas de trabajo en la administración realizando sellos, certificados virtuales y visados para viajes a la exoesfera terrestre. Cuando regresé a mi puesto de trabajo, tras una pausa, me encontré un sobre de papel sobre el teclado holográfico. Era muy rara cualquier notificación escrita de forma mecánica. Era cosa del pasado. El remitente era una empresa local, perteneciente al departamento de historia primitiva del gobierno. Una especie de departamento olvidado y descatalogado que ya no operaba a nivel público. El mensaje era para recordarme una cita que había solicitado veinte años antes. ¡Veinte años! Ya casi me había olvidado de ello.

No quería perderme la cita, así que pospuse todas las gestiones administrativas para otro día. Los visado espaciales tendrían que esperar. Esperé al vehículo que me vendría a recoger en la puerta de mi zona de trabajo. Dentro del asiento había una instrucción mecanizada: Cúbrase la cabeza. Tras hora y media de denso tránsito por las calles de la ciudad, salimos a lo que parecía ser una carretera comarcal y el coche se detuvo. Me quité el casco integral que tapaba mi visión y parte de mis sentidos y bajé del vehículo.

Me habían dejado frente a un simple almacén abandonado, sin cartel ni distintivos gubernamentales, era evidente que no querían ser descubiertos. Al margen de la espera de veinte minutos, estaba ansioso por entrar, no conocía a nadie que hubiera acudido a aquella cita, no tenía conocimiento de si era verdad lo que contaban en los foros de internet. La puerta metálica se abrió despacio y una mujer anciana de aspecto amable me recibió con una gran sonrisa.

—Pensé que se habría olvidado —dijo.

Mi cara de excitación decía lo contrario, ahora me acordaba de todo. Caminamos entre la penumbra de la nave industrial. El olor a hierro y óxido inundaba el ambiente, era como siempre. La anciana abrió una pequeña puerta y el aire cambió de repente. Un olor nuevo llegó a mis pulmones y la luz de unas intensas bombillas solares cegó mi vista.

—Aquí lo tiene señor, que lo disfrute — la anciana desapareció entre los hierros prefabricados y se fue —.

Frente a mi había un precioso árbol, lo reconocí por las fotos que había visto en la red de información de eventos pasados. ¡Un árbol! Nunca pensé llegar a ver uno. Era el primer elemento natural primitivo que veía en mi vida. Todos los animales terrestres y flora natural del planeta se habían extinguido en el año 2020 tras la gran depresión del petróleo. Realizando las búsquedas adecuadas y salvando los cortafuegos de servidores fantasmas de internet, encontré una página en la “DeepWeb”. Un anuncio hizo llamar mi atención; ¡Apúntate a la mejor experiencia de tu vida!

Con una lista de espera de veinte años el resultado era la cita de hoy. Era un acto clandestino, delictivo y arriesgado. Un simple cartel rezaba bajo el frondoso árbol:

Cupressus sempervirens(Ciprés)

Edad: 4.437 años

Altura: 22m

Ancho: 11m

Sin duda ése árbol era en la actualidad el ser vivo más longevo que había en nuestro miserable planeta y estaba oculto al público permaneciendo en el anonimato. Era impensable que semejante ejemplar no estuviera en un museo o a la vista de todos los seres humanos para recordarnos lo que fuimos un día. Me quedé sentado unos minutos observando cada brote de sus delicadas hojas, sus ramas fuertes y bien estructuradas parecían resistir bien el paso de los años. En la copa, unas delgadas y finas hojas puntiagudas querían tocar el cielo a modo de dedos. El techo de la nave era abierto para que entrara la poca luz que había en la atmósfera y el aire casi mortal y tóxico que emanaban todos aquellos transportes mecanizados de la ciudad. Una suave brisa hizo zarandear la copa del majestuoso árbol y mi cuerpo siguió aquel ancestral movimiento de forma mimética. La espera de veinte años para observar durante veinte minutos el ejemplar vivo de un árbol había valido la pena sin duda. Abandoné la nave industrial con una sensación de tristeza y con la angustia de tener que volver a la ciudad.

El viaje de regreso fue de igual modo, cabeza cubierta y sin conocer el trayecto. Me depositaron una calle antes de llegar a la oficina y cabizbajo entré para recoger mis cosas, nadie me había echado de menos durante mi ausencia. Otra vez a la rutina, otra vez a la soledad del habitáculo de la casa. Esa misma noche preparé una infusión sintética para acompañar la lectura que tenía pendiente y me senté en el sillón. A las dos horas de lectura cerré los ojos para refrescar mis pupilas y desconectar.

Sentí de nuevo la brisa del aire, el olor de las verdes hojas del árbol, el movimiento armónico producido por las sacudidas del viento. Fue muy real. Abrí los ojos y ya había amanecido, había dormido todo el día. Era la primera noche que dormía, pero lo más importante, es que era la primera noche que soñaba desde que nací.

 

FIN

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